Lo condenaron al destierro. Pero mientras se alejaba, la gente de los márgenes comenzó a seguirlo. Pronto fueron miles. Y donde Mateo ponía un pie, brotaba un pequeño templo sin techo, sin leyes, sin dogmas. Solo un cartel de madera escrito a mano:
Un día lo atraparon. Lo llevaron ante el tribunal eclesiástico. “¿Confiesas que hurtaste la presencia de Dios para dársela a quienes no la merecen?”, le preguntaron. Mateo bajó la cabeza y dijo: “No hurté nada. Solo recogí lo que se les cayó a ustedes cuando dejaron de amar”. el contrabandista de dios
Las autoridades religiosas lo perseguían. “Dios no se reparte así”, le decían. “La gracia no se trafica”. Pero Mateo sonreía y seguía caminando de madrugada hacia los márgenes del pueblo: donde vivían los cansados, los escépticos, los rotos por dentro. Allí abría su maleta y repartía en secreto migajas de cielo. Lo condenaron al destierro
هنوز حساب کاربری ندارید؟
ایجاد یک حساب کاربری